Palas, carretillas y martillos, hombres sudados y sucios haciendo frente a la tempestad que se avecina. No se sientan, no descansan, no se van a sus hogares porque la jornada aún no culmina.
Polvo y nylon por el cielo, plumavit voladora, observo sus cascos y no los menosprecio, más bien los admiro. Trapecistas del andamio, equilibristas de las vigas amenazantes, mezclas diluidas en blanco, nergro y gris que se colorean en los labios de una “taya”.
Sonrisas desdentadas ¿y que importa? Esto no es una pasarela de modelaje, esto es el trabajo duro, a pura fuerza, apuro ñeque, así se forja el mañana.
Una sonrisa amable busca una respuesta en mi cara y un hombre moreno con una pala empuñada la entierra con tal fuerza que me parece que sostiene el futuro en sus manos. Aquí no hay tiempo para pensar en le ritmo de la economía mundial, ni mucho menos en el destino de la nación. Aquí se trabaja de sol a sol…
En este lugar convergen hombres de todas partes del país, algunos del sector, otros que han venido de lugares lejanos, abandonando sus hogares, a buscar el sustento para sus pequeños que los esperan... tal como yo esperaba a mi padre cuando era niño, cuando las horas parecían eternas, contando los días en el calendario para verlo llegar, para verlo cruzar la puerta y la alegría de estar todos reunidos nuevamente fuese infinita.
Me abrazaba con fuerza y me apretaba contra él, con sus espaldas anchas y sus brazos esculpidos por la rudeza del trabajo. Sus ropas impregnadas con el olor del cemento no me desagradaban, si no que surtían el efecto de una anestesia que me hacía regresar a la cama y me acompañaban durante los cinco días que se quedaba en casa.
Al día siguiente de seguro un presente para mí: la revista que me hacía soñar con llegar a ser un gran futbolista y alguna fruta oriunda de su lugar de trabajo. Más tarde las compras para el resto del mes, el pago de las deudas y algún asado en señal de que la despedida se aproximaba y era inminente.
Nuevamente el bolso con su ropa perfumada por mi madre y su maleta de herramientas; un beso en mi mejilla y sus manos ásperas sobre mi cara que no dejaba de lavarse por las lagrimas. Abrazados con mi madre y mis hermanas lo contemplábamos hasta que se perdía en el horizonte y justo antes de virar en la última esquina, levantaba su mano en señal de esperanza, en señal de que los próximos quince días pasarían volando.
Hoy sin ser un niño, contemplo a los obreros, en cada uno de ellos veo a mi padre, al hombre que me parecía inmenso, hoy ya más sereno. Ya no parte durante quince días, hoy está en casa, con nuestras vidas intercambiadas… porque ahora cuanto los días en el calendario pero para volver… y él los cuenta para esperarme.
Ya todos se han marchado… la jornada laboral ha concluido.
(Nemël)
miércoles, 28 de julio de 2010
lunes, 26 de julio de 2010
El Cristo del Nuevo Mundo
Una cruz, un costado herido, brazos y pies atravesados por la blasfemia. Un hombre moreno, coronas de improperios sobre sus sienes, camina llevando el peso de toda la humanidad, mientras latigazos besan su espalda. Busco su rostro magullado por los golpes de garrote, avanzando entre la gente. No siento pena ni lastima por él, más bien curiosidad de saber porque tanto dolor y sufrimiento, porque desfilar por el corredor del matadero pudiéndolo evitar.
Termina el sendero del sufrimiento y llegamos a un cerro en lo más alto de la ciudad. El hombre es despojado de sus ropas, sus muñecas son laceradas por torpedos de traición, sus pies desgastados por el camino, corren la misma suerte.
Mientras un grupo de mujeres llora con el alma partida, un cartel sobre la cabeza del condenado dicta la sentencia: “No evitar lo Evitable”.
Llueve, y no huyo a ningún lugar, he quedado solo, perplejo, aún lo miro de frente y pienso, pienso en aquellos que bajo el manto de la codicia, soñaban con recorrer el mundo evangelizando a los inferiores; o en aquellos investidos de autoridad divina que dictaron la redondez de la Tierra. Pienso en aquellos que bajo el nombre de aquel que estoy contemplando, cambiaron espejos por esclavos. Pienso en esa cruz que doblego a miles de inocentes por no hablar la lengua de los santos. Pienso en el uso de la espada por que la Divina Providencia no estaba hecha para indignos.
Vuelvo un momento al génesis de esta ilusión que estoy viviendo y busco una explicación.
Trato de descifrar el misterio: “Eli Eli lama sabactani”, tal vez ese grito desgarrador comparte el dolor de los inocentes, de los sometidos, de los salvajes del Nuevo Mundo.
El hombre agonizante exclama que tiene sed y un trapo sucio es empapado y servido en la misma lanza que más tarde abriría su costado. Bebe, pero el liquido es acido y no mitiga su necesidad, entonces reflexiono en que si la sangre de los castigo y el sudor de los trabajos forzados sabría igual.
Mientras observo intento preguntarle por que. ¿Por que la sinfonía cruel de la inquisición?, ¿Por qué el sometimiento de la inocencia?, ¿Por qué el trueque amargo del alcohol por la identidad? ¿Por qué el maldito dominio sobre el heredero natural?
La lluvia no cesa, por el cuerpo del hombre maltrecho corre una cascada color carmesí, que lava los pies de la cruz, del mismo modo que el tronco de los castigos se lavaba con la sangre de la barbarie enajenada, torturados en su nombre.
No siento rabia por el, tal vez admiración por su valentía, pero no comparto en lo absoluto el permitir tantos años de injusticias, tantas vidas hechas trizas por el invasor, tantos niños empobrecidos, hambrientos, vagando como fantasmas por calles ajenas, ¿donde están sus madres?, ¿Dónde sus hermanas? , ¿Dónde esta la chacra y la choza humilde donde alguna vez reino la felicidad sin maldad? Han perdido su lengua, su origen, sus ideales. El arroyo ya no canta la dulce melodía del ayer, los árboles parecen petrificados pues ya no se contornean felices seducidos por el viento. Todo devastado y como garantía: la cruz.
Un último grito me saca del letargo en el que me encuentro y siento mi alma apartada de mi cuerpo. “padre: perdónalos porque no saben lo que hacen”. Me siento confundido, quizás las palabras de este hombre que parece justo no son para este momento, tal vez para cientos de años más, cuando el hombre blanco se presente con una espada y una Biblia bajo el brazo, tal vez cuando un niño aborigen esté obligado a leer acerca del dios impuesto, en otra lengua, en otro idioma, entonces y solo entonces… se comprenderá que no saben lo que hacen.
Exhala un último suspiro… el cristo del nuevo mundo, ha dejado de existir.
(Nemël)
Termina el sendero del sufrimiento y llegamos a un cerro en lo más alto de la ciudad. El hombre es despojado de sus ropas, sus muñecas son laceradas por torpedos de traición, sus pies desgastados por el camino, corren la misma suerte.
Mientras un grupo de mujeres llora con el alma partida, un cartel sobre la cabeza del condenado dicta la sentencia: “No evitar lo Evitable”.
Llueve, y no huyo a ningún lugar, he quedado solo, perplejo, aún lo miro de frente y pienso, pienso en aquellos que bajo el manto de la codicia, soñaban con recorrer el mundo evangelizando a los inferiores; o en aquellos investidos de autoridad divina que dictaron la redondez de la Tierra. Pienso en aquellos que bajo el nombre de aquel que estoy contemplando, cambiaron espejos por esclavos. Pienso en esa cruz que doblego a miles de inocentes por no hablar la lengua de los santos. Pienso en el uso de la espada por que la Divina Providencia no estaba hecha para indignos.
Vuelvo un momento al génesis de esta ilusión que estoy viviendo y busco una explicación.
Trato de descifrar el misterio: “Eli Eli lama sabactani”, tal vez ese grito desgarrador comparte el dolor de los inocentes, de los sometidos, de los salvajes del Nuevo Mundo.
El hombre agonizante exclama que tiene sed y un trapo sucio es empapado y servido en la misma lanza que más tarde abriría su costado. Bebe, pero el liquido es acido y no mitiga su necesidad, entonces reflexiono en que si la sangre de los castigo y el sudor de los trabajos forzados sabría igual.
Mientras observo intento preguntarle por que. ¿Por que la sinfonía cruel de la inquisición?, ¿Por qué el sometimiento de la inocencia?, ¿Por qué el trueque amargo del alcohol por la identidad? ¿Por qué el maldito dominio sobre el heredero natural?
La lluvia no cesa, por el cuerpo del hombre maltrecho corre una cascada color carmesí, que lava los pies de la cruz, del mismo modo que el tronco de los castigos se lavaba con la sangre de la barbarie enajenada, torturados en su nombre.
No siento rabia por el, tal vez admiración por su valentía, pero no comparto en lo absoluto el permitir tantos años de injusticias, tantas vidas hechas trizas por el invasor, tantos niños empobrecidos, hambrientos, vagando como fantasmas por calles ajenas, ¿donde están sus madres?, ¿Dónde sus hermanas? , ¿Dónde esta la chacra y la choza humilde donde alguna vez reino la felicidad sin maldad? Han perdido su lengua, su origen, sus ideales. El arroyo ya no canta la dulce melodía del ayer, los árboles parecen petrificados pues ya no se contornean felices seducidos por el viento. Todo devastado y como garantía: la cruz.
Un último grito me saca del letargo en el que me encuentro y siento mi alma apartada de mi cuerpo. “padre: perdónalos porque no saben lo que hacen”. Me siento confundido, quizás las palabras de este hombre que parece justo no son para este momento, tal vez para cientos de años más, cuando el hombre blanco se presente con una espada y una Biblia bajo el brazo, tal vez cuando un niño aborigen esté obligado a leer acerca del dios impuesto, en otra lengua, en otro idioma, entonces y solo entonces… se comprenderá que no saben lo que hacen.
Exhala un último suspiro… el cristo del nuevo mundo, ha dejado de existir.
(Nemël)
viernes, 23 de julio de 2010
Una noche más…
Se entreabren las puertas del tiempo y detrás de ellas: tú. Con el torso desnudo me invitas a entrar, a saborear el festín que has preparado para esta noche. No me niego a hacerlo, pues no tengo nada que perder.
Tomas mis manos y me conduces por laberintos interminables a una sala donde creo haber estado antes.
Me ofreces un trago y no lo rechazo pues creo poder complacerte en todo lo que me pidas. Brindamos alzando nuestras copas por el reencuentro, el sabor acre del “Licor de la Desdicha” me desconcierta con el primer sorbo, pero el segundo más bien me resigna.
Nos sentamos a la mesa adornada con velas rutinarias, flores marchitas y pétalos escritos con miles de momentos añorados.
La entrada: “Desamor en la Adolescencia”, mientras lo devoro sonrío, ya no sabe agridulce, más bien el paso de los años lo ha acaramelado.
Mientras sirves el primer plato, no dejo de mirar tu silueta que aún no cubres, percibes mi admiración y sonríes coqueteándome mientras mi copa vuelve a rebalsar de “Desdicha”.
Pregunto por la comida, me parece extraña, respondes que es un plato nuevo “Desesperanza por el Olvido”. Tomo un primer bocado y siento quemar mi interior, su sabor a impotencia es más fuerte aún que el mismo nombre, a pesar de todo lo engullo sin reparar en comentarios.
Por tercera vez llenas mi copa de licor de la desdicha que ha surtido efecto: me siento embriagado.
Retiras los últimos posillos de la mesa y preparas la entrada triunfal del plato de fondo, esta vez ya no disimulo mis ansias y te miro lascivamente, pues el aroma de tu cuerpo desnudo me ha hecho perder el control por completo, y aunque lo percibes, me señalas que aún no es el momento.
El plato de fondo es todo un acontecimiento, es una especie de salsa de hierbas con raíces y tubérculos. Pregunto atolondrado por su origen y respondes: “son Raíces de Amargura bañadas en salsa de Nostalgia por los Momentos Vividos”.
Pruebo pequeñas cantidades de salsa y su sabor me transporta al pasado, a recordar lo maravilloso de la vida, la hermosura de lo sencillo, lo deslumbrante que puede llegar a ser lo simple. Mientras más lo consumo, más deseos siento de comerla, hasta que llego a las raíces. Su sabor amargo me impide digerirlo, provocándome un nudo en la garganta que me desorienta, mientras siento que comienzo a marchitarme.
Dejo de comer y bebo, cuando de pronto te veo abalanzándote sobre mí, acariciándome, besándome, desgarrando y despojándome de mis ropas, no me niego a nada y me enredo en el placer con el cual culmina una velada de sentimientos encontrados…
Despierto desorientado y solo, mi espíritu y mi esencia parecen desvanecidos y no recuerdo nada, solo aquella sala donde creí haber estado antes. En ese instante comprendo que aquél lugar tan familiar… era mi propia alma, donde tantas veces me reuní con mi compañera de interminables noche: la dulce e incansable soledad
(Nemël)
Tomas mis manos y me conduces por laberintos interminables a una sala donde creo haber estado antes.
Me ofreces un trago y no lo rechazo pues creo poder complacerte en todo lo que me pidas. Brindamos alzando nuestras copas por el reencuentro, el sabor acre del “Licor de la Desdicha” me desconcierta con el primer sorbo, pero el segundo más bien me resigna.
Nos sentamos a la mesa adornada con velas rutinarias, flores marchitas y pétalos escritos con miles de momentos añorados.
La entrada: “Desamor en la Adolescencia”, mientras lo devoro sonrío, ya no sabe agridulce, más bien el paso de los años lo ha acaramelado.
Mientras sirves el primer plato, no dejo de mirar tu silueta que aún no cubres, percibes mi admiración y sonríes coqueteándome mientras mi copa vuelve a rebalsar de “Desdicha”.
Pregunto por la comida, me parece extraña, respondes que es un plato nuevo “Desesperanza por el Olvido”. Tomo un primer bocado y siento quemar mi interior, su sabor a impotencia es más fuerte aún que el mismo nombre, a pesar de todo lo engullo sin reparar en comentarios.
Por tercera vez llenas mi copa de licor de la desdicha que ha surtido efecto: me siento embriagado.
Retiras los últimos posillos de la mesa y preparas la entrada triunfal del plato de fondo, esta vez ya no disimulo mis ansias y te miro lascivamente, pues el aroma de tu cuerpo desnudo me ha hecho perder el control por completo, y aunque lo percibes, me señalas que aún no es el momento.
El plato de fondo es todo un acontecimiento, es una especie de salsa de hierbas con raíces y tubérculos. Pregunto atolondrado por su origen y respondes: “son Raíces de Amargura bañadas en salsa de Nostalgia por los Momentos Vividos”.
Pruebo pequeñas cantidades de salsa y su sabor me transporta al pasado, a recordar lo maravilloso de la vida, la hermosura de lo sencillo, lo deslumbrante que puede llegar a ser lo simple. Mientras más lo consumo, más deseos siento de comerla, hasta que llego a las raíces. Su sabor amargo me impide digerirlo, provocándome un nudo en la garganta que me desorienta, mientras siento que comienzo a marchitarme.
Dejo de comer y bebo, cuando de pronto te veo abalanzándote sobre mí, acariciándome, besándome, desgarrando y despojándome de mis ropas, no me niego a nada y me enredo en el placer con el cual culmina una velada de sentimientos encontrados…
Despierto desorientado y solo, mi espíritu y mi esencia parecen desvanecidos y no recuerdo nada, solo aquella sala donde creí haber estado antes. En ese instante comprendo que aquél lugar tan familiar… era mi propia alma, donde tantas veces me reuní con mi compañera de interminables noche: la dulce e incansable soledad
(Nemël)
sábado, 17 de julio de 2010
Soñar...
Hemos nacido encadenados a su libertad, a divagar por los múltiples pasadizos de la añoranza, a caminar por las veredas de la ilusión, contemplando las vitrinas del deseo… sedientos por un poco de dicha.
Ahí partimos, a recorrer mundos interminables, desconocidos, frondosos y áridos. Alamedas plagadas de aciertos y fracasos, desvíos inciertos, lúgubres y tétricos; atajos seguros, risueños y amables que habitan en la cordialidad de las utopías.
Corremos anhelando la posibilidad de ser mejores, de no rendirnos a los pies de la codicia: la diosa de las desgracias.
Nadamos por mares apestados de pesimismo, donde el desaliento es la carnada más eficaz para atraparnos, donde los tropiezos danzan al compás de las olas del océano del infortunio. Aquí, se necesita valor para sacudirse la arena de la frustración y mirar hacía la playa, que aunque parezca lejana, está más cerca que nunca.
Y volvemos, una y otra vez, porque no nos conformamos, no nos resignamos a pagar por lo que nos ha sido heredado desde el día aquel… menos ahora, que se ha convertido en una necesidad, es urgente, es el motor que mueve nuestras ganas de dar vuelta la página del libro del día a día.
Se va la noche, y antes que el alba repunte en el canto de algún gallo, la sed de disfrutarla nuevamente presiona mi garganta y mi respiración se agita como la de un cordero a las puertas de saborear la muerte. Me levanto y doy vueltas por mi cuarto, pues no concibo una vida lejos de ella, no puedo imaginar siquiera el mundo sin su sola presencia. Me siento sobre la cama y enciendo un cigarrillo, mientras observo como el humo baila con el viento encerrado en la habitación, maldigo su inexistencia y blasfemo contra la vidorria por permitirnos perderla, en algún lugar en algún momento… porque no nos conformamos, no nos resignamos a pagar por lo que nos ha sido heredado desde el día aquel que abandonamos el vientre de nuestras madres, menos ahora, que se ha convertido en una necesidad, es urgente, es el motor que mueve nuestras ganas de dar vuelta la página del libro del día a día… son simplemente … las ganas de soñar.
(Nemël)
Ahí partimos, a recorrer mundos interminables, desconocidos, frondosos y áridos. Alamedas plagadas de aciertos y fracasos, desvíos inciertos, lúgubres y tétricos; atajos seguros, risueños y amables que habitan en la cordialidad de las utopías.
Corremos anhelando la posibilidad de ser mejores, de no rendirnos a los pies de la codicia: la diosa de las desgracias.
Nadamos por mares apestados de pesimismo, donde el desaliento es la carnada más eficaz para atraparnos, donde los tropiezos danzan al compás de las olas del océano del infortunio. Aquí, se necesita valor para sacudirse la arena de la frustración y mirar hacía la playa, que aunque parezca lejana, está más cerca que nunca.
Y volvemos, una y otra vez, porque no nos conformamos, no nos resignamos a pagar por lo que nos ha sido heredado desde el día aquel… menos ahora, que se ha convertido en una necesidad, es urgente, es el motor que mueve nuestras ganas de dar vuelta la página del libro del día a día.
Se va la noche, y antes que el alba repunte en el canto de algún gallo, la sed de disfrutarla nuevamente presiona mi garganta y mi respiración se agita como la de un cordero a las puertas de saborear la muerte. Me levanto y doy vueltas por mi cuarto, pues no concibo una vida lejos de ella, no puedo imaginar siquiera el mundo sin su sola presencia. Me siento sobre la cama y enciendo un cigarrillo, mientras observo como el humo baila con el viento encerrado en la habitación, maldigo su inexistencia y blasfemo contra la vidorria por permitirnos perderla, en algún lugar en algún momento… porque no nos conformamos, no nos resignamos a pagar por lo que nos ha sido heredado desde el día aquel que abandonamos el vientre de nuestras madres, menos ahora, que se ha convertido en una necesidad, es urgente, es el motor que mueve nuestras ganas de dar vuelta la página del libro del día a día… son simplemente … las ganas de soñar.
(Nemël)
Visión de un recuerdo...
Cierro mis ojos un momento, en medio de espejismos que me permiten vislumbrar mi mente decaída. Recorro las calles de la memoria, desierta, marchita y pálida, entonces comprendo que temo al ayer, al rollo de reminiscencias que se descuelga de mi retina impaciente, impávida, absorta… desolada por el tiempo transcurrido.
Ahí te veo, afuera, adentro… en todas partes. Te busco, te escapas ¿quieres venir?, ¿quieres huir?... Mientras yo vuelvo una y mil veces para despedirme, alejándome de mí, del mundo, del espacio de los sentidos, de la eternidad momentánea… de la espera impaciente. Entiendo que esto es lo que me quema, como una llama caliginosa, como un océano ebrio en busca de la playa, como la aurora inextinguible en el límite del cielo, como la serenata intangible que regala la lluvia de junio… como una locura serena.
Extiendo mis brazos y mis manos sangran, sangran repudios al olvido, sangran fragmentos de mi aliento de ayer, sangran momentos paralíticos dentro de la burbuja del tiempo, y se coagulan en un espacio sin límites, sin formas, sin instancias determinadas. Coagulan en mi interior y repercuten en subrepticios lugares de mi alma lánguida por el viento de los años, que se ha llevado todos los colores y me ha dejado un tono sepia que sabe amargo en mi paladar.
¿Quizás? , ¿Tal ves?..., se entrecruzan los caminos y tengo temor de enredarme en ellos, de no encontrar la madeja correcta, siento escalofríos de soltar la hebra que me conduce por senderos feraces , nunca antes recorridos por los hombres, por el umbral de la sencillez… por la hermosura de las cosas simples.
Tengo miedo de pecar por la cautela de repudiar los errores, los cuales he crucificado una infinidad de veces , sin pensar en resucitarlos , sin embargo he concluido que entre más me esfuerzo en desvanecerlos, más he vuelto a cobijarme con el santo manto de la reincidencia.
En mi interior, siento miles de mariposas que se conciben como “momentos”, las cuales se contornean acribillando mis sentidos, que por ahora viajan en primera clase en el tren eterno de la nostalgia. En ellas me veo reflejado, en un espejismo anacrónico donde la muerte no tiene sentido, porque a ninguna de ellas ha podido atrapar con su red del beso mortal.
(Nemël)
Ahí te veo, afuera, adentro… en todas partes. Te busco, te escapas ¿quieres venir?, ¿quieres huir?... Mientras yo vuelvo una y mil veces para despedirme, alejándome de mí, del mundo, del espacio de los sentidos, de la eternidad momentánea… de la espera impaciente. Entiendo que esto es lo que me quema, como una llama caliginosa, como un océano ebrio en busca de la playa, como la aurora inextinguible en el límite del cielo, como la serenata intangible que regala la lluvia de junio… como una locura serena.
Extiendo mis brazos y mis manos sangran, sangran repudios al olvido, sangran fragmentos de mi aliento de ayer, sangran momentos paralíticos dentro de la burbuja del tiempo, y se coagulan en un espacio sin límites, sin formas, sin instancias determinadas. Coagulan en mi interior y repercuten en subrepticios lugares de mi alma lánguida por el viento de los años, que se ha llevado todos los colores y me ha dejado un tono sepia que sabe amargo en mi paladar.
¿Quizás? , ¿Tal ves?..., se entrecruzan los caminos y tengo temor de enredarme en ellos, de no encontrar la madeja correcta, siento escalofríos de soltar la hebra que me conduce por senderos feraces , nunca antes recorridos por los hombres, por el umbral de la sencillez… por la hermosura de las cosas simples.
Tengo miedo de pecar por la cautela de repudiar los errores, los cuales he crucificado una infinidad de veces , sin pensar en resucitarlos , sin embargo he concluido que entre más me esfuerzo en desvanecerlos, más he vuelto a cobijarme con el santo manto de la reincidencia.
En mi interior, siento miles de mariposas que se conciben como “momentos”, las cuales se contornean acribillando mis sentidos, que por ahora viajan en primera clase en el tren eterno de la nostalgia. En ellas me veo reflejado, en un espejismo anacrónico donde la muerte no tiene sentido, porque a ninguna de ellas ha podido atrapar con su red del beso mortal.
(Nemël)
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