viernes, 23 de julio de 2010

Una noche más…

Se entreabren las puertas del tiempo y detrás de ellas: tú. Con el torso desnudo me invitas a entrar, a saborear el festín que has preparado para esta noche. No me niego a hacerlo, pues no tengo nada que perder.

Tomas mis manos y me conduces por laberintos interminables a una sala donde creo haber estado antes.

Me ofreces un trago y no lo rechazo pues creo poder complacerte en todo lo que me pidas. Brindamos alzando nuestras copas por el reencuentro, el sabor acre del “Licor de la Desdicha” me desconcierta con el primer sorbo, pero el segundo más bien me resigna.

Nos sentamos a la mesa adornada con velas rutinarias, flores marchitas y pétalos escritos con miles de momentos añorados.

La entrada: “Desamor en la Adolescencia”, mientras lo devoro sonrío, ya no sabe agridulce, más bien el paso de los años lo ha acaramelado.

Mientras sirves el primer plato, no dejo de mirar tu silueta que aún no cubres, percibes mi admiración y sonríes coqueteándome mientras mi copa vuelve a rebalsar de “Desdicha”.

Pregunto por la comida, me parece extraña, respondes que es un plato nuevo “Desesperanza por el Olvido”. Tomo un primer bocado y siento quemar mi interior, su sabor a impotencia es más fuerte aún que el mismo nombre, a pesar de todo lo engullo sin reparar en comentarios.
Por tercera vez llenas mi copa de licor de la desdicha que ha surtido efecto: me siento embriagado.

Retiras los últimos posillos de la mesa y preparas la entrada triunfal del plato de fondo, esta vez ya no disimulo mis ansias y te miro lascivamente, pues el aroma de tu cuerpo desnudo me ha hecho perder el control por completo, y aunque lo percibes, me señalas que aún no es el momento.

El plato de fondo es todo un acontecimiento, es una especie de salsa de hierbas con raíces y tubérculos. Pregunto atolondrado por su origen y respondes: “son Raíces de Amargura bañadas en salsa de Nostalgia por los Momentos Vividos”.
Pruebo pequeñas cantidades de salsa y su sabor me transporta al pasado, a recordar lo maravilloso de la vida, la hermosura de lo sencillo, lo deslumbrante que puede llegar a ser lo simple. Mientras más lo consumo, más deseos siento de comerla, hasta que llego a las raíces. Su sabor amargo me impide digerirlo, provocándome un nudo en la garganta que me desorienta, mientras siento que comienzo a marchitarme.

Dejo de comer y bebo, cuando de pronto te veo abalanzándote sobre mí, acariciándome, besándome, desgarrando y despojándome de mis ropas, no me niego a nada y me enredo en el placer con el cual culmina una velada de sentimientos encontrados…

Despierto desorientado y solo, mi espíritu y mi esencia parecen desvanecidos y no recuerdo nada, solo aquella sala donde creí haber estado antes. En ese instante comprendo que aquél lugar tan familiar… era mi propia alma, donde tantas veces me reuní con mi compañera de interminables noche: la dulce e incansable soledad


(Nemël)

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