Hemos nacido encadenados a su libertad, a divagar por los múltiples pasadizos de la añoranza, a caminar por las veredas de la ilusión, contemplando las vitrinas del deseo… sedientos por un poco de dicha.
Ahí partimos, a recorrer mundos interminables, desconocidos, frondosos y áridos. Alamedas plagadas de aciertos y fracasos, desvíos inciertos, lúgubres y tétricos; atajos seguros, risueños y amables que habitan en la cordialidad de las utopías.
Corremos anhelando la posibilidad de ser mejores, de no rendirnos a los pies de la codicia: la diosa de las desgracias.
Nadamos por mares apestados de pesimismo, donde el desaliento es la carnada más eficaz para atraparnos, donde los tropiezos danzan al compás de las olas del océano del infortunio. Aquí, se necesita valor para sacudirse la arena de la frustración y mirar hacía la playa, que aunque parezca lejana, está más cerca que nunca.
Y volvemos, una y otra vez, porque no nos conformamos, no nos resignamos a pagar por lo que nos ha sido heredado desde el día aquel… menos ahora, que se ha convertido en una necesidad, es urgente, es el motor que mueve nuestras ganas de dar vuelta la página del libro del día a día.
Se va la noche, y antes que el alba repunte en el canto de algún gallo, la sed de disfrutarla nuevamente presiona mi garganta y mi respiración se agita como la de un cordero a las puertas de saborear la muerte. Me levanto y doy vueltas por mi cuarto, pues no concibo una vida lejos de ella, no puedo imaginar siquiera el mundo sin su sola presencia. Me siento sobre la cama y enciendo un cigarrillo, mientras observo como el humo baila con el viento encerrado en la habitación, maldigo su inexistencia y blasfemo contra la vidorria por permitirnos perderla, en algún lugar en algún momento… porque no nos conformamos, no nos resignamos a pagar por lo que nos ha sido heredado desde el día aquel que abandonamos el vientre de nuestras madres, menos ahora, que se ha convertido en una necesidad, es urgente, es el motor que mueve nuestras ganas de dar vuelta la página del libro del día a día… son simplemente … las ganas de soñar.
(Nemël)
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